dimarts, de juliol 15, 2008

EL JUEGO DE LAS PUTADAS

Érase una vez un juego, el juego de las putadas. Ya saben como van las reglas: deben tener en mente al elegido, deben saber sus puntos débiles y postear su putada del día en un comment en este post. Y pasarlo bien cuando la vean realizada por el pobre que desconoce su identidad.

Sed malos ^^

Laura

dilluns, de juliol 14, 2008

“Me senté en una escalera a esperar, a dejar pasar el tiempo lentamente.

Porque era inevitable, lo que vendría era inevitable y estaba dando tiempo a mis palabras para formarse sobre la lengua con la naturalidad de quien conoce las costumbres del tiempo y sabe lo que siempre acaba por llegar. Estaba creando el universo, el Big Bang en mi boca para que naciera la vida y el hombre en el mundo, para que se helara y calentara la Tierra sobre mi lengua y se inventara la razón y así pudiera contarle. Hablarle. Decirle. Explicarle. Al fin y al cabo, escupirle a base de sonrisas todo aquello que siempre odió escuchar.“

LO ABSURDO:



“...Y hubiera querido reírme de todo, de él, de la situación, de los zapatos sucios y mis ganas de besarle. Seguro que también te sucedió alguna vez a ti, es ese momento en el que el aire se desviste y te deja ver una cruda realidad y tú sientes que todo tiene una comicidad tétrica. Hubiera querido reírme, reírme y reírme hasta que la risa me taponara las orejas y me desmontara sobre la acera de la calle, hasta que quedaran todos los pedacitos de mí riéndose esparcidos entre los pies de los viandantes: piel, pulmones, labios, dedos de los pies, carne, sangre riendo. Y nadie me hubiera encontrado ni reconocido porque yo sería eso, una risa desastrosa que se contagia y saca brillo a las baldosas de la estación cuando aún no ha pasado el último tren “.

“Eso era ella: un pedazo aquí, un pedazo allá, una nota clavada en la pared del cerebro. Se afanaba en correr tambaleándose entre las paredes del metro y seguía la sucesión de las manecillas cortejando los relojes. Ella era la reina de cotejar realidades inventadas en su cabeza. Sólo de vez en cuando un dedo la tocaba, una letra, una nota y se sentía un poco humana, un poco menos inyectada en una vida analógica, un poco más viva al fin y al cabo.”

La linia.

Te pasas la vida siguiendo una linia infinita. La encuentras en su espalda blanca, en la luz delicada que entra por el balcon y que cae por detras de su oreja, por el cuello, por los huesos del pecho, por el costado fino, superando la curba de la cintura hasta caer rendida sobre las sabanas deshechas.

Es la misma que sigue el rastro de los petroleros en el Sena, la de la musica que se describe en el aire como la trayectoria de una bala, que impacta en el pecho, en las sienes y en las paredes de Notre Dame. Ésta es la misma que pasa por debajo del puente y dibuja una chica tomando el sol en la orilla del río sobre la tela de un pintor de mala muerte que, a su vez, conserva en sus labios otra linia, otra mueca de concentración.

Es la de mi mano, la de la tuya;

La del pensamiento que se ensarta en tu cabeza como la flecha en la manzana y te conecta a este momento, a ese instante en el que te das cuenta de que te pasas la vida siguiendo una linia.


La misma linia.

dilluns, de juliol 07, 2008

A veces es fascinante la belleza de las cosas,
que llega con la calma después de la tormenta;
hace que se dibujen nuevamente los contornos de la realidad.

Parece que al acariciar las cosas éstas se forman de nuevo bajo tu piel:
todos los huesos,
todos los órganos y músculos arreplegándose bajo tu mano para que puedas tocarlo.


Sólo eres ese tacto,
cada partícula de tí es un poro de piel,
una extremidad de una extensión sensible de tu dedo creada especialmente para que pudieras estar ahí:


tú, creada para que, en ese momento,
estuvieras acariciándolo.


"Le acariciaba así, suavemente, dibujándole la mñusica sobre la piel" (Rayuela - Cortázar)


Hoy tengo un cuento para ti.

Abre los ojos y cierra la boca, que vas a beber por las orejas el cuento que siempre quisite escuchar. O, al menos, eso desearía.

Había una vez un dolor profundo que dormía en tu interior. Cada mañana se desperezaba al compás de las primeras respiraciones, se estiraba como un gato y bostezaba. Te abrazaba el pecho como un niño que reclama atención, se colaba por tu garganta y su voz era tu llanto. No te dejaba respirar, se disolvia en tu pena como el café de las ocho, y tu, agitando la cucharilla en la taza para ver si se podia diluir.

Había una vez un recuerdo roto que se empeñaba en hacer de tripas corazón y reconstruirse, que se negaba a aceptar sus cortes y sus rasgaduras. Se pasaba las noches recosiéndose la piel, reconstruyendo sus músculos con la esperanza de que todo fuera mentira y, al despertar a la mañana siguiente, se diera cuenta de que todo había cambiado. Con la esperanza de volver a ser como antes. Pero ya no es ayer.

Había una vez un grito potente anidado en una boca llena de rabia. Sonaba algo así como los aullidos de los trenes que parten entre las montañas, como una bandada de pájaros, que se levanta como cuando agitas las sábanas, como un alud del hielo de los Polos. Pero era un grito triste porque no se convencía a ver mundo, no se atrvía a salir e, impaciente, esperaba su oportunidad para estallar contra el viento. Soñaba ser bala, quería ser remolino del desierto.

Había una vez, también, una niña. Pequeña como las agujas de coser, tenaz como las pinzas de tender la ropa. Era delicada como un vaso de agua en la Vía Layetana a las nueve de la mañana, tan sensible que escuchaba hasta la rotación de los astros. Pero era dura, tanto como ella quisiera, tan fuerte como el tiempo le había enseñado.

Y yo la quería. Así de simple. Se me metió un día por el hojal del pecho y se quedó allí, acurrucada, en algún rincón, hasta el momento. Era así porque ella era como era, espectadora de muchos de mis teatros, orejas cuando le cuento que quiero volar lejos, música cuando necesito viento, un cuento contado con las mejores realidades y deseos que puedo encontrar.

Pero a veces se rompe. De vez en cuando me la encuentro sentada en el suelo esperando que se calme el dolor del corazón, que se reconstruya su piel y sus adentros y pueda seguir andando, que le estalle el grito y golpee todo aquello que desearía tanto odiar y que, a veces, no puede. Porque ama, ama hasta morirse, quiere con todas sus fuerzas, ante todo, sobre todo, lo que tiene alrededor.

A veces me siento afortunada por estar dentro de esas cosas. Me quiere a su manera, la quiero a mi modo y no puedo comprender que todos no se enamoren de ella cuando la veo llegar, con su guitarra o sus letras, o cuando el humo se le escapa entre los labios. Mancha el humo de belleza y no puede ser que la gente esté tan ciega para no verlo. Andrea me entenderá cuando me refiero a esto.

Por eso, compadezco los que no me entiendan, los que no sean capaces de comprender esta forma de vida. Cualquiera que la hiera, que le haga daño, que diga que la aprecia y que en cambio la lastime no merece mirarla. Porque es preciosa, no es perfecta pero se acerca sospechosamente a aquello que te puede hacer feliz.

Y si ellos no son capaces de verlo, me da pena pensar en la materia desaprobechada en sus cuerpos.




Debemos ser felices, buscar ser rosas de los vientos y no veletas. Necesitamos más vientos del desierto y tardes mirando la ciudad.

Todo cambio es a mejor, no lo dudes más, pequeña.


Un beso tan grande como el sol,


Laura.