A veces sufres reencuentros con personas desconocidas. Las miras, así, de lejos, todo lo lejos que antes pudiera ser cerca, a millas de distancia, lejano como la luz. Repasas fisonomias como si nunca las hubieras acariciado, Mirando los surcos, los viajes, las carreteras hacia sus ojos, las cunetas en las comisuras de los labios. Casi completamente alejado de tu memoria, casi ya sin recordar antes, cuando no era un juguete viejo y tu no eras esa niña quelo mira con extrañeza de vieja.
Y te das cuenta de que ya no recuerdas. Es el juego de la memoria, cuando se deja por el camino en las estaciones de trenes que pisas cada día, en los trayectos, cuando pierdes parte de lo que viviste porque se convirtió en materia oscura, cuando se volvió prohibido para la mente o para el corazón. Y te fascina la capacidad de tu subconsciente para bloquear una parte de tu vida que, ahora, parece que nunca sucedió.
Pero está ahí, como un punto de libro perdido en la novela. Y te marca aún ahora, aunque no lo recuerdes.